Sobre el exceso de Moralidad y la poca Ética

Un artículo sobre Adolescentes, Redes Sociales y Pensamiento Propio

Por Suca Baldor, Directora General de PsicoAcademy

 

Últimamente pienso mucho en la cantidad de mensajes morales que reciben los adolescentes cada día. No me refiero solo a los mensajes explícitos, esos que dicen qué está bien o qué está mal; sino a algo más sutil y quizá más potente: la forma en la que las redes sociales van construyendo una especie de código compartido sobre lo que se debe pensar, lo que se debe mostrar, lo que se debe condenar y también lo que conviene callar.

Durante años se ha repetido que los jóvenes han perdido los valores. A mí esa frase siempre me ha parecido demasiado fácil. No estoy segura de que hayan perdido valores. Más bien creo que viven rodeados de ellos, pero de una manera fragmentada, acelerada y muchas veces contradictoria.

Todo aparece mezclado: la justicia social, la imagen personal, la necesidad de pertenecer, la comparación constante, el miedo a quedarse fuera, el deseo legítimo de defender causas importantes y, al mismo tiempo, la presión por hacerlo de la forma exacta que el grupo espera.

 

Las redes no han creado una juventud sin moral. Al contrario, han convertido la vida cotidiana en una evaluación moral permanente. Lo que compartes, lo que no compartes, a quién sigues, qué comentario haces, qué palabra eliges o qué silencio mantienes puede ser leído como una señal de quién eres. Y esto, en una etapa como la adolescencia, en la que la identidad todavía se está formando y la mirada de los iguales tiene un peso enorme, no es un detalle menor.

La moral tiene mucho que ver con los códigos que recibimos: lo que una familia, una cultura o una época consideran aceptable o inaceptable.

La ética, sin embargo, exige un paso más difícil. No se conforma con saber qué se espera de nosotros, sino que pregunta por qué. Pregunta si una norma es justa, si una reacción es proporcionada, si conocemos el contexto, si estamos reparando un daño o simplemente castigando a alguien para sentirnos del lado correcto.

 

Quizá ahí está una de las grandes tensiones de nuestro tiempo. Las redes transmiten moral con una eficacia enorme, pero no siempre favorecen la ética. La moral se propaga rápido, se contagia, se premia con aprobación y pertenencia.

La ética necesita otra cosa: pausa, complejidad, cierta incomodidad y la capacidad de no responder inmediatamente. Necesita poder decir “no lo sé”, “me falta información”, “esto me genera dudas” o “puedo compartir el fondo, pero no la forma”.

No son frases que suelan triunfar demasiado en un entorno construido para la reacción inmediata.

 

El problema no es que los adolescentes hablen de valores, de derechos, de identidad, de salud mental, de desigualdad o de violencia.

Ojalá muchas de esas conversaciones hubieran existido antes con la naturalidad con la que existen ahora. El problema aparece cuando esas conversaciones dejan de ser espacios de pensamiento y se convierten en pruebas públicas de pertenencia. Cuando matizar se interpreta como traicionar. Cuando equivocarse se convierte en una mancha definitiva. Cuando la sensibilidad se transforma en espectáculo y la justicia empieza a parecerse demasiado al castigo.

Porque también se puede ser cruel desde una posición moral. También se puede humillar a alguien convencido de estar defendiendo una buena causa. También se puede obedecer al grupo, repetir sus consignas y sentirse profundamente justo sin haber pensado demasiado en lo que se está haciendo.

Por eso creo que el debate sobre redes y jóvenes no puede quedarse solo en el tiempo de pantalla. Claro que el tiempo importa, y también importan el sueño, la atención, la comparación social o el acceso a contenidos inadecuados. Pero hay una dimensión menos visible que me preocupa especialmente: qué tipo de conciencia moral se está formando en entornos donde la aprobación llega antes que la reflexión y donde la identidad se construye tantas veces bajo la mirada permanente de los demás.

 

Educar no puede ser únicamente prohibir, vigilar o limitar.

A veces habrá que hacerlo, por supuesto, especialmente cuando hablamos de menores y de plataformas diseñadas para retener su atención. Pero si nos quedamos solo ahí, llegamos tarde. También necesitamos enseñarles a pensar. A distinguir entre daño e incomodidad, entre error y maldad, entre desacuerdo y agresión, entre justicia y venganza. A entender que no todo lo que indigna es necesariamente injusto y que no todo lo que incomoda merece ser destruido.

Quizá una de las tareas más urgentes de los adultos sea recuperar espacios donde los adolescentes puedan hablar sin tener que actuar todo el tiempo como si estuvieran ante un tribunal. Espacios donde puedan dudar, cambiar de opinión, equivocarse sin quedar definidos para siempre por ese error. Espacios donde el pensamiento no tenga que presentarse ya terminado, limpio y perfectamente alineado con la moral del momento.

No creo que los jóvenes estén perdiendo la moral. Creo que tienen demasiadas morales encima, demasiadas voces diciéndoles quién deben ser, qué deben pensar y cómo deben mostrarse para ser aceptados. Lo que necesitan no es otra lista de mandamientos digitales, sino adultos capaces de acompañarles en algo más difícil: convertir todo ese ruido moral en una ética propia, más lenta, más consciente y más humana.

 

Por Suca Baldor