La psicología del poder: del Apego al Liderazgo    

Del aula a la empresa: por qué muchos conflictos no nacen solo del problema, sino del lugar que sentimos que ocupamos

Por María Luisa (Suca) Baldor

Psicobióloga | Directora de la Asociación PsicoAcademy

 

Hace unos días, mi hija de trece años me contó un conflicto con una compañera del instituto. Mientras la escuchaba, pensé en algo que quizá los adultos olvidamos demasiado pronto: muchas de las dinámicas que más condicionan nuestra vida no aparecen por primera vez en la empresa, aparecen mucho antes. En casa, en el aula, en la amistad, en la necesidad de atención, de pertenencia y de reconocimiento.

Le dije entonces que estaba entrando en una dinámica de poder y que, aunque no era agradable, podía ser una oportunidad de aprendizaje. Porque esa misma lógica iba a encontrarla una y otra vez a lo largo de la vida, solo que con otros códigos, otros escenarios y consecuencias mucho mayores.

 

El poder empieza mucho antes del liderazgo

Cuando hablamos de poder tendemos a pensar en jerarquías, cargos o autoridad formal. Sin embargo, el poder no empieza en el despacho. Empieza mucho antes. Desde que nacemos competimos, de formas más o menos conscientes, por atención, por seguridad, por reconocimiento y por un lugar claro dentro del vínculo y del grupo.

Después esa lógica se sofistica, pero no desaparece solo cambian los escenarios y el lenguaje. Ya no hablamos de rivalidad de forma tan abierta; hablamos de liderazgo, influencia, posicionamiento, negociación o cultura organizativa. Pero en el fondo muchas veces seguimos intentando resolver la misma pregunta: cuál es mi lugar aquí y qué ocurre cuando siento que ese lugar peligra.

 

Muchos conflictos no van del problema

Nos gusta pensar que los conflictos surgen por desacuerdos objetivos: una decisión, una diferencia de criterio, una mala comunicación o un interés contrapuesto, pero muchas veces el problema visible es solo la superficie. Debajo suele moverse algo más profundo: la necesidad de no perder posición, de no ser desplazados, de ser tenidos en cuenta, de no quedar por debajo. En otras palabras, poder.

Por eso algunos conflictos se enquistan aunque la solución racional parezca evidente. Porque ya no giran solo en torno al asunto inicial. Lo que está en juego es el estatus, la legitimidad, la influencia o la necesidad de reconocimiento.

 

Lo que la psicología de grupos lleva tiempo explicando

La psicología de grupos muestra que en un grupo no solo circula información.

También circulan jerarquías, alianzas, comparaciones, exclusiones, lealtades y amenazas simbólicas. Una observación aparentemente pequeña puede vivirse como un desafío, una discrepancia puede sentirse como una desautorización, una decisión puede leerse como pérdida de poder.

Esto, que en la adolescencia suele verse con más claridad, no desaparece con la edad. Simplemente se vuelve más sofisticado, más sutil y más difícil de identificar.

 

Un caso muy reconocible en cualquier organización

Pensemos en una situación frecuente: un director incorpora a una responsable nueva para profesionalizar un área que hasta entonces había funcionado de manera más informal. Sobre el papel, el conflicto parece técnico: procedimientos, tiempos, criterios, coordinación.

En la práctica, el problema real empieza cuando una persona veterana siente que está perdiendo territorio, influencia y reconocimiento.

No discute abiertamente la decisión; la rodea. Cuestiona matices, ralentiza procesos, busca apoyos informales, interpreta cada corrección como desautorización y cada cambio como una invasión.

 

La dirección, mientras tanto, intenta resolverlo como si fuera un simple problema de organización. Pero no lo es solo. También es una disputa por lugar, por identidad y por poder.

Este tipo de escenas desgastan mucho porque el contenido visible nunca coincide del todo con el contenido real.

Y quien lidera equipos lo sabe: a veces no se está discutiendo una decisión, sino quién cuenta, quién define el marco y quién acepta quedar en una posición distinta a la que tenía.

 

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El cuerpo entra en el conflicto antes de que la mente lo explique

Desde una perspectiva psicobiológica, esto no debería sorprendernos. El ser humano no responde solo a amenazas físicas. También reacciona con intensidad ante amenazas sociales: la exclusión, la humillación, la pérdida de control, la falta de reconocimiento o la sensación de invasión del propio espacio.

Ahí está uno de los puntos que más a menudo se infravaloran en la empresa: el cuerpo entra en el conflicto antes de que la mente lo justifique. Primero aparece la activación fisiológica; después construimos el relato. Cuando una persona percibe que pierde estatus, control o pertenencia, pueden activarse respuestas de alerta asociadas al estrés. El eje hipotalámico-hipofisario-adrenal y la liberación de cortisol forman parte de esa preparación del organismo ante la amenaza. No se trata de una explicación reduccionista, pero sí de recordar algo esencial: muchas veces no estamos ante una simple diferencia de opiniones, sino ante una experiencia corporal de amenaza social.

Por eso hay conflictos que parecen desproporcionados respecto al hecho que los desencadena. No siempre reaccionamos solo a lo que ocurre; a veces reaccionamos a lo que eso representa para nuestra identidad, nuestra posición o nuestro valor dentro del grupo.

 

Etología del poder: exhibición y territorio

La etología ofrece imágenes muy útiles para comprenderlo, siempre que no la usemos como adorno, sino como argumento. En distintos primates, la jerarquía no se expresa solo en la agresión abierta. También se manifiesta en la postura, en la expansión corporal, en la ocupación del espacio y en los rituales de exhibición. El gorila que se agranda no siempre está atacando: muchas veces está dejando claro su rango antes de que el enfrentamiento se produzca. En ese tipo de dinámicas, el cuerpo actúa antes que la reflexión y el grupo lee esas señales de inmediato.

En los felinos aparece otra lógica distinta y muy reveladora. Los machos suelen manejar territorios amplios, donde puede haber varias hembras, y por eso buena parte de la regulación se produce mediante el marcaje y la evitación del enfrentamiento directo, siempre que no coincidan varios machos al mismo tiempo. Sin embargo, cuando una gata convive con crías hembras que crecen, la competencia territorial puede hacerse mucho más evidente, porque el espacio es pequeño y compartirlo deja de ser viable con facilidad. No se trata solo de agresividad: se trata de proximidad, jerarquía y dificultad para compartir un lugar limitado.

En los grupos humanos esa lógica no desaparece; se simboliza. El territorio rara vez es físico: suele ser relacional. Se disputa atención, legitimidad, cercanía al poder, visibilidad, centralidad dentro del grupo o capacidad de definir el relato. Por eso algunos conflictos aparentemente pequeños se vuelven tan intensos. No siempre se está discutiendo por el contenido visible, sino por un espacio simbólico que una de las partes siente amenazado. Comprender esto no significa justificar conductas impulsivas o inmaduras. Significa reconocer que la autorregulación y la inteligencia emocional son necesarias precisamente porque no partimos de cero: partimos de una historia biológica y relacional que sigue influyendo en cómo percibimos amenaza, estatus y pertenencia.

 

Lo que un CEO, un directivo o un empresario reconoce enseguida

Quien lidera personas suele detectar esta lógica antes incluso de poder nombrarla. Entra en una reunión y percibe que no se está discutiendo solo un presupuesto, una estrategia o una agenda. Percibe egos heridos, necesidad de reconocimiento, alianzas tácitas, temor a perder influencia o rechazo a aceptar que el tablero ha cambiado.

Una empresa puede contar con profesionales muy competentes y, aun así, quedar atrapada en dinámicas de poder mal gestionadas que erosionan la confianza, ralentizan decisiones y consumen una enorme cantidad de energía.

A veces el coste más alto no está en un gran error visible, sino en la suma silenciosa de tensiones no comprendidas: talento que se desgasta, equipos que se polarizan, conversaciones evitadas y decisiones contaminadas por la necesidad de tener razón o conservar posición.

 

Las herramientas que sí marcan la diferencia

Frente a estas dinámicas, no bastan ni la ingenuidad ni la imposición. Hace falta algo más sofisticado. Hace falta comprender que el conflicto no siempre se resuelve ganándolo, porque hay victorias que destruyen la relación, el clima o la legitimidad del liderazgo.

Aquí entran herramientas decisivas: negociación, comunicación clara, asertividad, regulación emocional y autoconocimiento. Negociar no es solo defender intereses; es comprender qué necesita el otro, qué teme y qué está intentando proteger. Comunicar bien no es solo expresarse con corrección; es reducir ambigüedades y no añadir amenaza innecesaria. Ser asertivo no es endurecerse; es sostener una posición sin someterse ni atacar. Gestionar las emociones no es reprimirlas; es no dejar que secuestren la conducta.

Pero el principio de todo sigue siendo el autoconocimiento. Sin él, las demás herramientas llegan tarde o se usan mal.

 

No seas adolescente. Sé líder

Eso fue, en el fondo, lo más importante que intenté transmitirle a mi hija. Ella me decía: “mamá, es que ella está haciendo, ella está diciendo…”. Y yo insistía en otra parte del aprendizaje, quizá la más difícil y la más valiosa: “ella tiene miedo; tú solo estate segura de quién eres y de quién quieres ser, y actúa en consecuencia. Tú no tienes que decir nada. Tus actos hablarán por ti y los demás lo verán”.

La negociación, la comunicación y las demás herramientas tendrá tiempo para ir aprendiéndolas. Pero el principio de todo siempre es el autoconocimiento. Un adolescente todavía no sabe bien quién es, porque todavía ni es. Un líder, en cambio, empieza a serlo cuando deja de reaccionar solo a lo que el otro hace y empieza a actuar desde una posición interna más clara, más regulada y más coherente.

Cambian los trajes, los cargos y las salas de reuniones, pero cuando manda el ego la escena se parece bastante más al patio del instituto de lo que nos gusta admitir. Y quizá la verdadera madurez profesional empiece justo ahí: no seas adolescente; sé líder.

 

María Luisa (Suca) Baldor
Psicobióloga y Directora de la Asociación PsicoAcademy